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BENEDICTO XVI CREE QUE “LA BELLEZA EN EL VESTIR AYUDA A COMUNICARSE CON DIOS” COMO EN LA “ROMA” DE FELLINI

CONTRAPORTADA
Por SANTIAGO J. SANTAMARÍA
Mientras su antecesor, el polaco Karol Wojtila, dio pruebas, a lo largo de sus 27 años de reinado, de un desinterés total por el corte de sus casullas, siempre vulgares, el alemán Ratzinger cuida hasta el último detalle su indumentaria eclesiástica y litúrgica

LA HABANA/CUBA (EyC).Desde el momento en que fue proclamado papa, el 19 de abril de 2005, tres días después de cumplir 78 años, Joseph Ratzinger dejó claro que en el terreno estético el suyo no sería un papado continuista. Mientras su antecesor, Karol Wojtyla, había dado pruebas, a lo largo de sus casi 27 años de reinado, de un desinterés total por el corte de sus casullas, Ratzinger cuida hasta el último detalle de su indumentaria eclesiástica y litúrgica. Hasta el punto de que cada uno de sus atavíos es una declaración de intenciones, una manifestación de sus preferencias por los ritos preconciliares. Esto lo pudimos ver en su reciente viaje a México y Cuba. En su encuentro con Fidel Castro, ambos mandatarios no pudieron abstraerse, de poner cada uno su ‘granito’ de ‘fashion’. El comandante revolucionario y exalumno aventajado de los jesuitas -aunque hoy excomulgado por Juan XXIII que no le perdonó que instaurara el comunismo en Cubacuidó hasta el último detalle su indumentaria, totalmente de negro. Los discípulos de San Ignacio de Loyola, nacido en Gipuzkoa, en el País Vasco, y fundador de la Congregación de los Jesuitas, recuerdan que los ‘jefes’ son denominados ‘Papa Negro’, por llevar siempre la sotana de ese color. Asistimos a una ‘cumbre’ de un ‘Papa Blanco’, Benedicto XVI, y un ‘Papa Negro’, Fidel Castro.
En sus primeras Navidades como sumo pontífice apareció en público con el ‘camauro’, un gorro de terciopelo escarlata forrado de armiño que no se había visto en el Vaticano en todo el siglo XX, con la única y breve excepción del uso esporádico que le dio Juan XXIII. El pintor Rafael inmortalizó al papa Julio II, que reino al inicio del siglo XVI, luciendo uno, aunque Benedicto usa una versión actualizada. Los que pensaron que era un golpe aislado de osadía papal quedaron decepcionados al verle poco después, impecable, con otra pieza de museo: una muceta de terciopelo rojo, forrada también de armiño, sobre un roquete (especie de camisola corta) rematado en encaje antiguo. En septiembre de 2006 se protegió del sol con el ‘saturno’, sombrero rojo de fieltro, bordado con motivos vegetales en hilo dorado, que Wojtyla usó rara vez.
Ratzinger está convencido de que la magnificencia sirve para comunicarse con el misterio, con la divinidad. Si para su antecesor lo importante era la cantidad: congregar a millones de fieles en cada viaje apostólico, para Benedicto XVI, como ha dicho Guido Marini, responsable de las ceremonias papales, “lo importante es la belleza y la dignidad, componentes esenciales de toda celebración litúrgica”.
Ratzinger, que fue durante 25 años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), se ha dejado contagiar quizá por la cultura de un pueblo que adora la belleza, y donde el gusto por la ropa alcanza también a las filas del clero. Para atender las enormes necesidades indumentarias del cuartel general de la Iglesia hay multitud de negocios de moda religiosa en torno al Vaticano, cada uno con sus páginas web, donde se ofrecen catálogos de temporada con casullas sencillas, o de estilo antiguo, en brocados de oro.
El zapatero papal es Adriano Stefanelli, de Novara, y no Prada
Una de las primeras decisiones de Ratzinger fue cambiar de sastre. O, mejor dicho, mantener al que le había confeccionado sus ropas de cardenal, Michele Ombroso, de la firma Euroclero, en lugar de seguir la tradición y confiar su fondo de armario a Annibale Gammarelli, la sastrería que cose la ropa de los papas desde 1793, con la única excepción de Pío XII, que se mantuvo fiel a su sastre. Otras fuentes aseguran que la firma elegida por Benedicto fue la de Raniero Mancinelli, en Borgo Pío, cerca de la plaza de San Pedro.
“Desde luego, nosotros hemos recibido encargos del Papa”, confirma al teléfono Raniero, el dueño del negocio. “No creo que Euroclero sea el proveedor de Su Santidad, porque ya no está el viejo sastre, y tampoco Gammarelli”. En Euroclero, nadie contesta, mientras Gammarelli lleva años afirmando que su condición de sastre papal no ha cambiado. El Vaticano no aclara estas cuestiones, aunque en 2008, ante los insistentes rumores de que los mocasines rojos que calzaba Benedicto eran de Prada, precisó que el zapatero papal era Adriano Stefanelli, de Novara. La firma milanesa guardó silencio.
Pero Ratzinger no siempre recurre a ropa nueva. Muchas veces echa mano del guardarropa pontificio, repleto de joyas de sus antecesores, aunque no se ha atrevido, hasta el momento, a lucir ninguna de las tiaras pontificias usadas en la coronación de los papas. Y es que la tiara, corona de tres franjas que representa los tres títulos del líder católico: padre de los reyes, rector del mundo y vicario de Cristo, impone. El último pontífice que se colocó tan aparatoso tocado fue Pablo VI, para su ceremonia de coronación, en 1963. Benedicto prefiere la mitra, pero, por si acaso, ha incorporado la tiara a su nuevo escudo papal.
Ratzinger, en su iPod de Apple, no oye a Bob Dylan
Su intención, dicen sus colaboradores, es establecer un nexo claro entre la tradición y la Iglesia de hoy. Por eso, el Papa liberalizó la liturgia en 2007 con un ‘motu proprio’ (documento que emana de la propia autoridad del Papa) que abría la puerta a la misa en latín y de espaldas a los fieles. En 2008 levantó además la excomunión a los obispos cismáticos ‘lefebvristas’, fieles al rito preconciliar.
Pero Ratzinger no vive de espaldas a la modernidad. Sigue utilizando un ‘papamóvil’ blindado, regalo de la casa Mercedes, para envidia de BMW o Volkswagen, que le han ofrecido sus modelos. Y Apple le confeccionó un iPod especial en 2006, regalo de los trabajadores de Radio Vaticano, en el 75o aniversario de su creación. En él no se puede escuchar a Bob Dylan, que cantó para su antecesor; solo los programas de la emisora y, dados sus gustos, quién sabe si algo de gregoriano. La desmesura, pero también la fascinación, el asombro, el guiño, la fuerza onírica de los sueños filmados, la crítica esperpéntica, la sutileza inteligente y a veces poética, la grosería, el escándalo, el sexo más o menos evidente, el enorme erotismo de la exageración, el reflejo de cientos de años de represión, la mirada feroz de un hombre irónico y descreído que ha sufrido décadas de influencia religiosa, la Iglesia como objetivo de un misil nuclear en la mirada sin contención, la sarcástica chanza contra los eclesiásticos, contra la hipocresía de una moral supuesta y contra la maldad de los vicios ocultos y públicas virtudes.
Todo eso, pero engrandecido, hinchado, profundamente humano, demasiado humano a la postre, fue Federico Fellini. La desmesura. Y su “Roma” fue el epítome de esa desmesura.
La desmesura bufonesca del desfile de modas
Es una película se debe ver como lo que es, un híbrido entre reportaje crítico y zumbón y una suerte de “Amarcord” fellinesco que nos deja la miel en los labios para volver a la Roma inexpresable y algo histérica de los setenta, con sus legiones de hippies ocupando la Piazza de España, los jóvenes airados pidiéndole mensaje político a Fellini en su película o la desmesura bufonesca del desfile de modas eclesiástica con los inamovibles nobles romanos, al que la Iglesia da su protección e inocula el inmovilismo y la decrepita decadencia.
Bella, irritante, absurda, poética y vulgar, un esperpento con aires de trasvestismo y ambiciones líricas, en realidad una provocación de ese gran falsario, genial embaucador que fue Federico Fellini. La película se estrenó en el cine Barberini de Roma el 18 de marzo de 1972, con una duración de alrededor de 130 minutos. En mayo, fue presentada internacionalmente en el Festival de Cine de Cannes, fuera de concurso, el 15 de dicho mes de 1972.
La película fue un retrato rápido y visionario de Roma a través de los recuerdos de un joven de provincias que llega a la estación de Termini, poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Roma se nos muestra como realidad multiforme, interminable y contradictoria a través de una serie de escenas y personajes heterogéneos: desde un desfile de moda eclesiástica a la recreación de los prostíbulos, desde los enfrentamientos con la policía hasta el atasco en el Grande Raccordo Anulare, con un estilo que pasa del lirismo a la sátira, de la nostalgia a lo truculento sin solución de continuidad. Entre las diversas escenas no existe nexo narrativo alguno, sólo la memoria y la voluntad de recuerdo del director. Se pasa de un tema a otro sin transición.
Benedicto XVI cree que “la belleza en el vestir ayuda a comunicarse con Dios” como en la “Roma” de Federico Fellini. Toda creencia, y más si viene del Papa, es sumamente respetable.

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