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| Por Sergio Kiernan Edwin Black, un investigador norteamericano hijo de sobrevivientes del Holocausto, acaba de publicar un libro sobre la “alianza estratégica” entre el Tercer Reich e IBM antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Al frente de un equipo de 100 reporteros y archivistas que trabajó durante dos años en Alemania, EE.UU., Israel, Gran Bretaña, Holanda, Polonia y Francia, Black descubrió “el involucramiento consciente de IBM, directamente y a través de sus subsidiarias, en el Holocausto y en la maquinaria de guerra nazi que mató a millones de personas.” No se trata de un caso de apropiación de tecnología por parte de un vencedor, o de un abuso de máquinas existentes antes de que Hitler llegara al poder. El autocrático presidente de la IBM en los años treinta y cuarenta, Thomas J. Watson, vio en el Reich una oportunidad de expandir mercados y un cliente de privilegio, y lo trató como tal. “Cuando Alemania quiso una lista de los judíos, IBM le mostró cómo hacerla,” escribe Black. “Cuando el Reich quiso usar esa información para empezar programas de expulsión social y expropiación, IBM proveyó los medios. Cuando los trenes tenían que llegar a tiempo a los campos de concentración, IBM le ofreció soluciones. En última instancia, no hubo nada que IBM no estuviera dispuesta a hacer por un Reich dispuesto a pagar bien.” La conclusión es lúgubre: “Sin IBM el Holocausto hubiera sido, como fue en muchos episodios, un asunto de simples fusilamientos, de marchas de la muerte y masacres organizadas con lápiz y papel. La automatización y la tecnología fueron cruciales en los fantásticos números que Hitler logró asesinar”. Conexión alemana En 1993, Black visitó el recién inaugurado Museo del Holocausto, en Washington, junto a su madre. El Museo está construido “al revés”: se entra por un gran hall, se sube hasta el último piso en un ascensor siniestramente parecido a una cámara de gas y se baja caminando por una rampa. Apenas salido del ascensor, los Black vieron en una de las primeras vitrinas una impecablemente restaurada máquina negra con brillantes botones y palancas plateadas. Era una “ordenadora de tarjetas” Hollerith IBM D-11, que había sido usada en el censo de 1933 que, por primera vez, había identificado a los judíos de Alemania con nombre, apellido, dirección y profesión. Hitler acababa de asumir el poder en enero y preparaba el nacimiento de su dictadura total para aplicar sus programas de “limpieza étnica”. En esa época preinformática, procesar un censo tomaba hasta tres años y era una tarea apenas estadística: era muy difícil obtener de la masa resultante de biblioratos y cuadernos información específica sobre alguna persona ogrupo, en forma rápida. Los nazis, sin embargo, estaban interesados en identificar exactamente cuántos judíos había en el país y dónde estaban. IBM proveyó la solución, a través de su filial local, Dehomag (Deutsche Hollerith Maschinen Gesellschaft). La compañía norteamericana tenía viejos lazos con Alemania. De hecho, había sido fundada por Herman Hollerith, un inmigrante que había inventado la tarjeta perforada en la década de 1880 y se había hecho muy, muy rico. En 1911, Hollerith le vendió sus patentes y su fábrica a Thomas J. Watson, un vendedor de máquinas de coser que le dejó el nombre de su creador a las máquinas, pero llamó a la compañía International Business Machines Corporation, IBM Co. En 1922, Watson absorbió a Dehomag, por entonces una empresa independiente que usaba licencias de IBM, y la transformó en una filial. Muy pronto, la Dehomag se transformó en la estrella más brillante de las sucursales internacionales de IBM y para 1933, cuando Hitler entra en escena, triplicaba regularmente las ganancias esperadas. Lo que IBM inventó para el Reich fue “el censo racial, que describía no sólo las afiliaciones religiosas sino también las líneas de sangre retrocediendo por varias generaciones,” escribe Black. “Usando su propio staff y equipos, IBM de Alemania diseñó, llevó a cabo y proveyó tecnología para que el Tercer Reich hiciera lo que nunca se había hecho: automatizar la destrucción de seres humanos”. El primer contrato con los nazis fue el procesamiento del censo general de Prusia, el mayor estado alemán, en 1933. En lugar de años, IBM tardó 4 meses en analizar los números, usando un gran edificio en Alexanderplatz, Berlín, que alojó a 450 “perforadores” que transfirieron la información del censo a tarjetas perforadas, a razón de 450.000 por día. Cada vez que aparecía un judío, la tarjeta se procesaba por separado y pasaba a llamarse “tarjeta de conteo de judíos”. Terminado el conteo, comenzó un trabajo de cruce de datos jamás antes intentado. IBM reordenó la información usando 25 categorías en 35 operaciones diferentes, para separar y filtrar por profesión, residencia, nacionalidad y otras características. El resultado fue “una base de datos de la que emergió un mapa de la presencia judía profesión por profesión, ciudad por ciudad, manzana por manzana,” escribe Black. Los decretos raciales del Reich, que expulsaron a los judíos de barrios, ciudades y profesiones, podían ser ejecutados por el Estado con una precisión nunca vista. Por ejemplo, a los colegios médicos no se les pedía simplemente que echaran a sus miembros judíos: se les mandaba la lista completa de personas a expulsar. Y cuando los nazis comenzaron a detener y expulsar a los judíos “orientales”, los detestados inmigrantes de Polonia que fueron sus primeras víctimas, también tenían listas. IBM no tuvo más que imprimir la información de las tarjetas “judías” que mostraban una perforación en la décima fila de la columna 26 o 27, que indicaba a los que hablaban polaco. Ganancias y expansión El censo fue un éxito tal, que los pedidos de máquinas llovieron. Dehomag construyó la primera fábrica de la IBM en Alemania y recibió, por su importancia estratégica, una completa exención impositiva. En poco tiempo, el Estado alemán operaba más de 2000 máquinas Hollerith y construía una íntima relación con IBM. Es que la compañía no vendía simplemente las máquinas y se desentendía de su uso. De hecho, sólo las vendía por un sistema de leasing que implicaba alquileres a largo plazo, mantenimiento mensual, upgrades de piezas y un intenso programa de entrenamiento a los operadores y, más grave en este contexto, a los usuarios. En la década del treinta no existían computadoras ni software como los conocemos hoy, pero sí existían códigos, aplicaciones y mecanismos que permitían crear tarjetas y métodos de contarlas específicos. La sede central de la IBM alemana guardaba duplicados de todos los códigos en uso –los de Belsen, los de los ferrocarriles, los de las deportaciones, losde los censos– y enviaba puntualmente una vez por mes un técnico a revisar cada máquina, aunque estuviera adentro de un campo de la muerte. Los equipos de capacitación técnica de la empresa entrenaron a miles de funcionarios nazis y de la SS y establecieron una red de atención al cliente en todos los países ocupados. También se encargaron de obtener el papel para producir nada menos que 1500 millones de tarjetas por año sólo en Alemania. En la Noche de los Cristales Rotos, el progrom que marcó el comienzo del fin para los judíos alemanes, en 1938, se usó la información reunida en tanta tarjeta. Cuando los alemanes invadieron Polonia, Dehomag-IBM tuvo ganancias record: nunca se habían vendido tantas máquinas. Los ejecutivos en Nueva York se quedaron maravillados por las ventas de diciembre de 1939, cuando los escuadrones de la SS comenzaron a detener a los judíos polacos, usando máquinas Hollerith. Un amigo del Reich ¿Por qué este compromiso de IBM con los nazis, cuando tantas otras compañías se alejaban de la violenta Alemania nazi, aun antes de la guerra? ¿Por qué la compleja red de disimulos y mediadores que creó IBM para no quedar comprometida con Hitler y no quebrar la ley norteamericana durante la guerra? ¿Por qué hicieron algo que ni siquiera hizo Henry Ford, un notorio antisemita que financiaba revistas racistas y escribió de su puño y letra el clásico antijudíos “El Judío Internacional”? Para Black, la respuesta es simplemente “dinero”: “IBM no vio ningún dilema moral en hacerlo. Simplemente vio a Hitler como un aliado comercial valioso. Estaba deslumbrada por las posibilidades técnicas y dominada por un mantra corporativo amoral: si puede ser hecho, debe ser hecho.” Watson, el presidente de la compañía, viajó a Alemania regularmente durante los años treinta. Aunque no era un fascista, en 1937 tomó el té con Hitler, fue agasajado por Goering y recibió la Cruz al Mérito del Aguila Alemana, la más alta condecoración que el Reich podía dar a un extranjero. El ejecutivo vigilaba de cerca a su filial alemana, enviaba representantes de alto rango a inspeccionarla todo el tiempo y reforzó la filial suiza para mantener todo en su lugar y sacar las ganancias cuando la guerra se hizo inevitable. Estas buenas relaciones hicieron que a fines de 1941 los nazis nombraran a un “ejecutivo eficiente” al frente de Dehomag, que pese a todo era filial de un país, EE.UU., con el que estaban en guerra. En 1945, con el Reich en ruinas, IBM se encontró con sus ganancias intactas en cuentas especiales de países neutrales, pudo recuperar sus máquinas y hasta descubrió que su fábrica no había sido destruida. Y después le alquiló las Hollerith a los nuevos vencedores, que las usaron para administrar su ocupación de Alemania.
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