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Una señora

Por Rogelio Alaniz

 Foto:Ilustración Lucas Cejas
Foto:Ilustración Lucas Cejas
Una señora que descalifica a jóvenes que estudian en Harvard porque le hacen preguntas incómodas, mientras no dice una palabra sobre los costos de los estudios de cine de su hija en Nueva York, estudios que fueron más un capricho de nena malcriada que una vocación real por el séptimo arte. Una señora que se da el gusto de desacreditar a la Universidad de La Matanza, olvidando que fue una creación del peronismo y que cuenta con un rector que ejerce ese cargo desde hace casi quince años y cuyo mandato académico se extiende hasta el 2017, un sueño que seguramente la señora quisiera realizar en su propio beneficio. 

Una señora que justifica su fortuna en nombre del éxito, identificando esa palabra con los brutales desalojos a los que sometían a los deudores hipotecarios en Santa Cruz -valiéndose para ello de la legislación de la dictadura militar- y a los negociados discretos y secretos realizados por ella y su esposo desde el poder nacional. Una señora que identifica el éxito con el dinero, dinero que nunca pudo justificar y que sólo la complicidad de un juez venal y corrupto permitió dar por concluida una investigación por enriquecimiento ilícito. Una presidente que descalifica el dólar, olvidando que su marido se dio el lujo de comprar dos millones de esa moneda aprovechando sus decisivas influencias con el poder.

Una señora cuyo ministro político agravia a los opositores por sus supuestas intenciones de viajar a Miami, mientras él vive en una residencia de quinientos metros cuadrados en un barrio paquete de Buenos Aires y su padre es el asesor y colaborador de uno de los hombres más ricos del mundo. Una señora que mientras se llena la boca hablando en contra de los militares, parece ignorar que su benemérita cuñada se desempeñó como funcionaria de ellos, ignorancia que se hace extensiva a los antecedentes de su canciller, un notorio y cínico colaborador de esa dictadura, más interesado en organizar fiestas multimillonarias para su hija en Punta del Este, que en representar los reales intereses del país. 

Una señora que supone que la cuenta bancaria de su estudio jurídico puede sustituir un curriculum profesional tan inexistente como su supuesta militancia política universitaria. Una presidente que sugiere que Juan Manuel de Rosas fue un héroe progresista, democrático e industrialista como Abraham Lincoln, mientras confunde a Ulises Grant con George Washington, un político norteamericano que le vendría bien conocer, porque fue el hombre que teniendo todas las posibilidades y méritos para ser reelecto, prefirió volver al llano para impedir el culto a la personalidad y la idolatría a los héroes militares 

Una señora que tiene el desparpajo de decir en Estados Unidos que en la Argentina conversa con periodistas que pagan su buena predisposición pateando puertas y difamándola gratuitamente. Una señora que impugna a quienes consumen bienes suntuarios, cuando, según lo entendidos en modas, ha lucido vestuarios cuyo valor llegó a superar los setenta mil dólares, mientras en algunos de sus viajes a París se ha dado el lujo de salir de compras y gastar en zapatos alrededor de treinta mil dólares. Una señora que impávida niega en el extranjero la inflación, el cepo cambiario, la adulteración de las cifras del Indec y su ambición reeleccionista.

Una señora que dice identificarse con causas nacionales y populares, pero a la hora de elegir a sus colaboradores íntimos prefiere a señores como Boudou y Echegaray, notorios simpatizantes de Alsogaray. Una señora que dice reivindicar la experiencia camporista, pero para proteger a su protegido no vacila en sacrificar a quien seguramente debe ser el último sobreviviente de la experiencia camporista: Esteban Righi.

Los contrastes, paradojas y contradicciones podrían continuar hasta el infinito, porque la naturaleza de la gestión de la señora está signada por ese tono de farsa y grotesco, géneros que la incluyen a ella y a sus más inmediatos colaboradores. ¿Como Menem? Sí, como Menem, aunque con una sugestiva diferencia, diferencia que más de un observador ha registrado: la corrupción del menemismo, sus latrocinios y negociados se hicieron en nombre de la ambición y la avaricia, pero el riojano y sus colaboradores tuvieron el buen gusto de no identificar esas pulsiones saqueadoras con los derechos humanos.

Con relación al menemismo, alguna vez escribí que en el futuro las nuevas generaciones se preguntarán con algo de asombro y resignación, qué nos pasó a los argentinos de los años noventa para haber instalado en el sillón de Rivadavia a un personaje más digno de ocupar las páginas policiales de los diarios que las secciones políticas. En la misma línea, esas generaciones del futuro se preguntarán, ¿cómo pudieron creerles a los Kirchner? ¿Cómo no advirtieron la distancia entre las palabras y los hechos? ¿Cómo sus seguidores más honestos no se percataron del engaño, tan evidente, tan notorio? ¿Cómo nunca se interrogaron acerca de las fortunas personales de los supuestos abanderados populares, esa avidez sensual por el dinero, ese regodeo en la exhibición de las riquezas, esa pulsión a comprar pisos en Puerto Madero y levantar mansiones en todas partes? ¿Cómo pudo ser posible que intelectuales supuestamente cultos hayan caído en la trampa, no hayan advertido que una vez más el pasado se repetía como farsa? ¿Cómo pudo ser posible que periodistas experimentados se hayan prestado a defender posiciones políticas, cuando todos los datos de la realidad cotidiana le decían exactamente lo contrario? 

¿Ejemplos patéticos? No hace mucho una periodista identificada con el oficialismo, no vaciló en acusar a quienes hablaban y hablan de la inseguridad y la ola delictiva que se precipita sobre las grandes ciudades, como una maniobra política programada por Héctor Magnetto. Esa misma noche, la periodista fue asaltada en su domicilio y salvo creer que los ladrones estuvieran pagados por el empresario del Grupo Clarín, hay que admitir que lo que le tocó vivir a la colega fue una lección práctica de realismo político, lección que puso en evidencia la distancia existente entre un recurso retórico y manipulador y la ominosa realidad de todos los días, realidad que al decir del bandoneonista Néstor Marconi hace que “estemos todos en lista de espera”.

Como para completar el proceso de aprendizaje social, a la infortunada colega le robaron dólares, una falta grave para quien publicita desde el canal oficial los beneficios populares del cepo cambiario. ¿Hacía mal la colega en tener dólares? Creo que no, como tampoco delinquían los porteños de los tiempos de la colonia española cuando para sobrevivir se dedicaban al contrabando. 

Retornemos a los aleccionadores ejemplos prácticos. Hace unos días conversaba con un amigo kirchnerista -los tengo a pesar de todo- amigo que pretendía justificar la reelección de la señora, con el argumento de que ella era la única persona capacitada para profundizar el formidable proceso de construcción social que se está llevando a cabo. Mi pregunta fue previsible y hasta ingenua: ¿De qué construcción social estás hablando, cuando el destino político de esa construcción depende de una exclusiva persona? Y mientras hacía la pregunta, recordaba aquella mañana en un pueblo de Uruguay, cuando el entonces candidato presidencial José Mujica, sostenía con ese estilo que mezcla a Arturo Jauretche con Atahualpa Yupanqui, que la gestión de un presidente debe evaluarse por la cantidad y calidad de cuadros políticos que es capaz de desarrollar. Interesante consejo a una señora que no permite que ni el pasto crezca a su alrededor. 

Fue esa mañana de sol en un encantador pueblito oriental de llanura, cuando Mujica dijo que llegaba a la presidencia de Uruguay siendo propietario de una chacrita y un auto viejo y que dejaría el poder en las mismas condiciones. Y lo decía con ese tono íntimo y cálido de los hombres con convicciones; lo decía sencillamente, como si estuviera diciendo lo obvio, lo que corresponde hacer, lo que se debe hacer. 

Demás está decir que unas pocas frases de Mujica alcanzaron para convencerme de que estaba ante un hombre honesto y un político sensible. ¿Por qué le creo a Mujica y no a la señora? No es fácil explicarlo. Tal vez tenga que ver con la historia, con la biografía de cada uno de ellos; tal vez tenga que ver con la manera de expresarse. No lo sé. Sí sé, que al hombre que dijo “Yo no soy pobre, pobres son los que creen que yo soy pobre. Tengo pocas cosas, es cierto, las mínimas, pero sólo para poder ser rico en las cosas que interesan”, a ese hombre le creo, algo que no puedo decir de la señora, quien no está en condiciones de responder con dignidad a las preguntas obvias de un grupo de estudiantes y no lo está, no tanto por su ausencia de talento y simpatía, sino porque -admitámoslo de una buena vez- hasta a Mandrake el Mago se le haría muy difícil , por no decir imposible, defender lo indefendible. 

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