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La ley, el orden y el miedo

 Por Sandra Russo
En las respectivas coberturas sobre la crisis de las fuerzas de seguridad, La Nación cerró las notas a los comentarios, que probablemente hubiesen sido del tenor de los que Clarín y Perfil sí dejaron pasar. Perfil hace gala de un “Reglamento para el Uso de los Espacios de Opinión Pública” –a los que denomina “los servicios”– en el que se enumeran qué tipo de mensajes “no están permitidos”. Por ejemplo, los que incluyan “un lenguaje vulgar, obsceno, discriminatorio u ofensivo”, “todo acto contrario a las leyes, moral y buenas costumbres” y “mensajes difamatorios o insultantes”. Parece que estos dos ejemplos tomados al azar del pie de alguna de las profusas notas sobre la crisis de prefectos y gendarmes no incluyen, a criterio de ese diario, nada contrario a las leyes, ni nada ofensivo ni difamatorio. Uno de ellos rezaba: “¿Dónde se escondió la cucaracha viuda? ¿Ya se rajó a Río Gallegos?”. Otro, “Esta vieja hija de puta fundió el país y ahora se arma su propio golpe para irse con la fortuna que les robó a los argentinos”. Eso publican los medios en este país en que, según ellos, corre riesgo la libertad de expresión.
La crisis de las fuerzas de seguridad trajo con ella un tipo de tensión desestabilizadora –no porque necesariamente ésa haya sido la intención, sino más bien porque los protagonistas son hombres y mujeres a los que la sociedad les confiere el monopolio de la fuerza a cambio de que no deliberen, y eso es un contrato social–. La ruptura de la cadena de mandos es en sí misma un acto que desestabiliza al sistema democrático: hay de hecho una estabilidad rota. Ellos lo saben perfectamente, aunque apelen al derecho a “la libertad de expresión”. Abandonarse al agite mediático, que los heroíza en tanto les sean funcionales, o al canto de sirena de líderes gremiales en busca de tropa propia, vuelve a dejarlos de espaldas al rol que ya se ganaron en democracia, el de la convivencia y el orgullo. Esta repentina visibilidad, no obstante, dejó al desnudo dos cosas: una, que otra vez desde el Poder Judicial hubo caranchos que en lugar de justicia fabricaron inequidad. Y otra, que el proyecto nacional y popular debe atender por las vías institucionalmente previstas los reclamos que hacen a la calidad de vida de prefectos y gendarmes. Incluirlos.
Esta crisis fue cruzada por el relámpago amenazante del secuestro del testigo Alfonso Severo, y se estampa en la fecha en la que Clarín debe desinvertir. Del contexto también deben hacerse cargo los manifestantes armados, que aunque hayan adoptado un discurso democrático lo que deben hacer es comportarse democráticamente. Hoy por hoy, lo que se dice vale menos que lo que se hace. Ese contexto incluye un clima en el que mucha gente cree que la Presidenta ha dicho que se le debe tener miedo a ella. Hubo uniformados coreando “no tenemos miedo”.
Mucha gente lo cree porque mucha otra gente lo dice, y lo publica y lo repite y lo analiza y lo condena, aunque casi todos a esta altura saben que eso no es cierto, que la Presidenta nunca dijo que los ciudadanos deben temerle. Todo lo que durante años se argumentó sobre la manipulación ejercida por los medios de la posición dominante en todo el mundo, en estos días deja de ser reflexión o ejemplo para convertirse en el pan nuestro de cada día. Es el bocado amargo que se mastica con indignación cuando uno ya maneja un tema como para advertir las mentiras, y con sensación de zozobra o impotencia cuando el dato, las declaraciones o la información es nueva, y uno se ve en la obligación de salir a buscar por iniciativa propia otras fuentes, otros medios, para chequear y comparar.
Ese ejercicio, que durante mucho tiempo formó parte del hábito periodístico, ese ojo clínico y a la vez crítico que en la lectura de una nota hacía resaltar la procedencia de la afirmación, dónde abrían y cerraban las comillas en un textual, quién se hacía cargo de las declaraciones y hasta qué punto llegaba la editorialización, hoy debe ser incorporado al hábito del lector, el espectador o el oyente en su rol de ciudadano. Porque es desde ese estatus ciudadano que uno, en este estado alterado de cosas, debe ejercer esa micromilitancia política apartidaria que hoy requiere el hecho de informarse. La sociedad argentina hoy es una sociedad desinformada deliberadamente, es decir, políticamente, lo que también convierte en político el hecho de automovilizarse para acceder a la información.
Parece de Perogrullo, pero sólo con la información a mano se puede estar a favor o en contra de algo. Sólo entonces uno puede desarrollar un pensamiento propio o crítico, sólo desde la información se puede tomar una posición. Pero qué tenemos. Tenemos miles de personas que repiten como si fueran sus propios pensamientos las interpretaciones de la realidad de los comunicadores que escuchan y leen, salteándose la instancia de saber si esos argumentos se basan en la realidad o son especulaciones que nacen del pecado original de la tergiversación. Y tenemos dirigentes políticos de derecha y de izquierda que abonan las interpretaciones que nacen de mentiras, a ver si revuelven el río y pescan algo.
Tenemos gente que se manifiesta opositora y grita que “no tiene miedo”. Esa gente ha leído en los diarios, ha escuchado en las radios y visto en la televisión que la Presidenta había dicho que “había que tenerle miedo a Dios, y un poco a ella”. Para el análisis del sentido de cualquier texto, desde los rudimentos más primarios de las Ciencias de la Comunicación, se tienen en cuenta las dos instancias básicas de la emisión y la recepción. Quién dice qué a quién. Fuera de esa información, ningún texto puede ser interpretado, porque es la que determina el sentido.
Clarín ha decidido dar la batalla por sus propios intereses enloqueciendo el lenguaje y generando climas de hostilidad sacrificando hasta el más ralo prurito de honestidad intelectual. Aquí y ahora, y siempre y en todas partes, es éticamente lícito ser crítico de lo que sucede, no de lo que no sucede.
La emisora de esa frase fue efectivamente la Presidenta, pero los destinatarios no eran los ciudadanos sino sus propios funcionarios, y estaba dirigida, después de haberse conocido irregularidades en la puesta en marcha de la limpieza del Riachuelo que ordenó la Corte Suprema, a poner un límite público y cortante a la posibilidad de corrupción generada por la conducta del juez de Quilmes, Luis Armella, quien multaba a los funcionarios si no contrataban a empresas en los términos que él imponía, y que en numerosos casos terminaban siendo las de sus amigos y familiares. Ese caso que expuso Horacio Verbitsky en la tapa de este diario el 26 de agosto podría haber sido, en otro contexto político e informativo, un gran caso, porque después de todo iba directo a la corrupción, que es uno de los ejes de las protestas caceroleras. Pero la información fue primero desestimada y luego alterada.
Ese discurso presidencial del 5 de septiembre tenía ése y otros ejes importantes, como la respuesta de la Presidenta a Agostino Rocca, presidente de Techint, que un día antes, según Clarín, se había quejado en un encuentro empresario por la “falta de competitividad”, y que más tarde envió a la Presidenta las notas que llevó al encuentro, y en las que la “falta de competitividad” no figuraba. Es decir, desmintió a Clarín. También, el 5 de septiembre y en el mismo discurso, la Presidenta salió al cruce del clamor clarinista contra el uso de la cadena nacional. “Las cadenas nacionales son legales. Son para que los gobernantes den cuenta de sus actos. Para contarles a los argentinos las cosas que algunos quieren ocultar”, dijo.
La reacción lapidaria del monopolio fue descuartizar su discurso, recortarle una frase, sacarle el contexto, cambiarle el destinatario, reorientarle el sentido, amplificarla añadiéndole la caracterización dictatorial que tallan con sus aludes de adjetivación cotidianos, agitarla e insuflarla en sectores en que de lo que tienen miedo no es de la falta de libertad, sino de los cambios que propician más igualdad. ¿De qué nos asombramos si cacerolea mucha gente? Del otro lado de 301 medios hay millones de personas que ni siquiera eligen qué leer o escuchar. La posición dominante es precisamente eso: lo que no se elige, lo que hay.
En el bramido destemplado de cada día, hoy se borran las subjetividades y las particularidades de quienes hablan a través de los 301 medios de Clarín, y los de sus socios menores. Como siempre, pero más evidente, más crudo y más letal, hoy el multimedio es el mensaje.

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