Simón Trinidad
El hombre de hierro
por Jorge Enrique Botero / Fotos: AP / AFP
Las vidas del periodista colombiano Jorge Enrique Botero y Simón Trinidad, el primer jefe de las FARC extraditado a Estados Unidos, tenían un destino en común. Compartieron charlas, copas y momentos de tensión hasta que muchos años después se encontraron en un tribunal de Washington. A continuación, un fragmento de “Destinitos inevitables”, el primer capítulo de El hombre de hierro, el libro que este mes edita en español Ramdon House, y en el que Botero cuenta la historia de este personaje singular y relata los entretelones del juicio norteamericano mientras el resto del mundo veía sólo una parte por televisión, incluida la liberación de Ingrid Betancourt.
Al principio, El hombre de hierro no era más que una gran crónica. La crónica del primer juicio en una Corte Federal norteamericana contra un jefe de la guerrilla de Colombia extraditado a Estados Unidos. Sin embargo, el tiempo y la reportería se encargaron de que se fuera volviendo, sin remedio, una mezcla de biografía y reportaje. El libro se convirtió en biografía a medida que fue apareciendo el hombre excepcional que es Simón Trinidad: un tipo como cualquiera de mi generación (y de mi origen social) que pudo haber pasado desapercibido como la mayoría de nosotros, de no ser porque sus férreas convicciones lo mandaron desde las comodidades de la pequeña burguesía urbana a las inescrutables orillas de la insurgencia armada en las montañas.
Comprobé lo de “sus férreas convicciones” el día que Imelda Daza, su antigua compañera de militancia en el Nuevo Liberalismo y más tarde en la Unión Patriótica, llegó al recinto donde se juzgaba a su viejo camarada y, agitada, con los ojos muy abiertos, como si trajera acumulada una necesidad de años, buscó a Trinidad (a Palmera, dijo ella) hasta que lo divisó en la mesa enorme que compartía con sus abogados, y le mandó una avalancha de besos mientras le decía:
–Tú eres de hierro, hermano, tú eres de acero inoxidable.
Amistoso y jovial, pero al mismo tiempo estricto y radical hasta más no poder, Simón Trinidad es, sin duda, uno de los personajes más llamativos de nuestra historia reciente.
En el proceso de escritura de estas páginas me encontré con dos incitaciones providenciales a no desmayar en el intento. La primera la hallé viajando en un bus por las carreteras de los Andes colombianos, cuando le conté a una querida amiga que estaba escribiendo un libro sobre Trinidad.
–El se me parece mucho a Fidel –me dijo Pilar, joven realizadora colombiana formada en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba).
Pilar, quien se apasionó por la vida de Fidel Castro durante sus dos años de estudios en la isla, aludía especialmente al origen social de ambos (niños ricos de zonas agrarias), pero yo le agregué, oyéndola con asombro, un dato más: ambos habían sido (y seguían siendo) unos fundamentalistas sin remedio.
La otra señal sobre la pertinencia del libro me atravesó como una flecha premonitoria en un irish bar de Washington, echando carreta con Jaime Palmera, el hermano mayor de Simón, o de Ricardo, como diría él. Eran como las 12 de la noche, corría el final de octubre de 2006 y el ruido abrumador del lugar apenas me permitía escuchar sus palabras. Sin embargo, le oí con toda claridad cuando me contó que, meses atrás, se había encontrado con Gabriel García Márquez en el aeropuerto Charles de Gaulle en París, y que al reconocerlo, le había dicho:
–Si no fuera porque estoy tan jodido me hubiera puesto a escribir la historia de tu hermano.
A esas alturas (año 2005), ya Simón Trinidad había caído preso en Ecuador, trasladado en cuestión de horas a Bogotá y extraditado –exactamente un año después– a Estados Unidos, acusado de secuestro y tráfico de drogas.
Yo también tenía motivos personales e ineludibles para lanzarme a estas páginas pues había conocido a Trinidad durante los diálogos entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Lo vi dando cursos tumultuosos a 200 candidatos a comandantes guerrilleros en las selvas del Cagüán; me bajé con él varias botellas de Old Parr discutiendo sobre el pasado, el presente y el destino de Colombia, y lo conocí en su envidiable mundo afectivo, amando sin tregua a su Lucero del alma, la joven que conquistó siendo ya un cuarentón. También lo vi ejerciendo de cariñoso papá con su pequeña hija Alix Farella, entonces de siete años, al tiempo que me confesaba su admiración por José Stalin.
Fue hablando con Trinidad que obtuve una de las pistas claves para descifrar a esa guerrilla enigmática a la que llegó empujado por factores externos, pero también por decisiones de su alma rebelde. “Las FARC –me dijo una tarde, en medio de un aguacero apocalíptico en el campamento de Las Cachamas– tienen dos nuncas: nunca olvidarán el genocidio contra la Unión Patriótica y nunca dejarán las armas.”
Durante mis frecuentes viajes como reportero a la zona desmilitarizada de cuarenta y dos mil kilómetros donde dialogaban los voceros del gobierno y de la guerrilla siempre busqué la forma de pasar un tiempo con el protagonista de estas páginas. Hablábamos durante horas, andando las carreteras construidas por la guerrilla en la profundidad de la manigua, con él al timón de la camioneta que le había asignado el Mono Jojoy.
Pasé días y noches en sus campamentos, donde comíamos cancharina y tomábamos café en las cálidas ranchas de las aldeas móviles e increíbles que va armando la insurgencia durante su trasegar por montes y selvas y páramos. Me llevó a las emisoras de radio, a los hospitales de guerra y a las escuelas donde se formaban militar y políticamente centenares de adolescentes. Y, cómo no, discutimos amistosamente sobre política (su obsesiva pasión), pero también sobre fútbol, mujeres, música, guerra, literatura, cine y… más política.
El 12 de febrero de 2002 el presidente Andrés Pastrana declaró oficialmente el rompimiento de los diálogos con las FARC y dio la orden de bombardear esa misma noche varios lugares del Cagüán. Según las FARC, la orden de Pastrana fue una cobarde violación de los acuerdos suscritos al inicio de los diálogos, pues el gobierno se había comprometido a dar un margen de dos días antes de atacar en caso de que se rompiera el proceso. (…)
–No quedó escrito, pero fue un pacto de honor que hicimos con Pastrana, y el presidente faltó a su palabra –aseveró el Mono Jojoy durante una entrevista que le hice casi dos años después de que se acabó el despeje.
No volví a verlo hasta el día en que los noticieros de televisión dieron varios extras, casi dos años después, anunciando su captura en una calle de Quito (Ecuador). Las imágenes mostraban al jefe guerrillero vestido de civil, con las manos esposadas, rodeado de policías y gritando vivas a las FARC, a Manuel Marulanda y a Simón Bolívar. Al día siguiente, Trinidad fue trasladado a Colombia y confinado en una prisión situada a tres horas de Bogotá. Quise visitarlo en la cárcel de máxima seguridad de Cómbita (Boyacá) para hacerle una entrevista pero fue imposible. Lo tenían totalmente aislado y solamente le permitían reunirse con sus abogados y con sus familiares. Así que le mandé algunos libros e intenté infructuosamente un encuentro con el único “pez gordo” de las FARC que tenía el gobierno en prisión.
A finales de diciembre de 2004 el presidente Uribe lanzó un ultimátum a las FARC: si no liberaban a los rehenes extraditaría a Trinidad a los Estados Unidos. Las FARC calificaron el anuncio presidencial como un chantaje y el jefe guerrillero fue extraditado en la tarde del último día del año, con lo cual se extinguieron definitivamente mis esperanzas de entrevistarlo. No obstante, la vida me reservaba nuevos encuentros con el jefe guerrillero. El 11 de julio del 2006 recibí en mi casa una llamada de Jazmín Parra Murillo, Fiscal Tercera Especializada de la Unidad Anti-secuestro, quien me pedía que acudiera a su despacho para una diligencia de rutina.
–No le quito ni 10 minutos, doctor –me aseguró la mujer en tono amistoso.
Le contesté que lo único que me tenía que quitar era el título de “doctor” y quedamos de vernos al día siguiente. (…) Me contó que tenía a su cargo el caso del secuestro de los tres ciudadanos estadounidenses en poder de las FARC desde el 13 de febrero del 2003 cuando el avión en el que viajaban había sido derribado por la guerrilla en el departamento del Caquetá. Acto seguido me preguntó si era cierto que yo había realizado un reportaje sobre ellos, seis meses después de su secuestro.
–Les hice una larga entrevista que fue transmitida en canales de televisión de Colombia y Estados Unidos. La revista Cromos publicó un reportaje escrito y firmado por mí, así que me extraña su pregunta –le contesté.
Tras indagar sobre varias cosas que yo no le podía decir (el lugar donde había transcurrido la entrevista y la forma como había llegado allí), la doctora fue al grano.
–Usted sabe, doctor –me explicó en tono solemne– que Estados Unidos y Colombia libramos juntos la batalla final contra la narcoguerrilla. Tenemos un enemigo común, mejor dicho. Ahora mismo, estamos interesados en reunir evidencias para lograr la condena de Simón Trinidad, quien es responsable por el secuestro de los tres americanos.
Guardé silencio y esperé mientras la doctora Jazmín tomaba aire.
–Los de la Fiscalía gringa me han pedido que le pregunte si usted estaría dispuesto a declarar en el juicio que se le hará a Trinidad en Estados Unidos –dijo la doctora. A renglón seguido me aclaró que yo no tendría que ir físicamente a declarar.
–Los de la Fiscalía gringa me han pedido que le pregunte si usted estaría dispuesto a declarar en el juicio que se le hará a Trinidad en Estados Unidos –dijo la doctora. A renglón seguido me aclaró que yo no tendría que ir físicamente a declarar.
–Si usted teme ir a Estados Unidos, podemos hacer una video–conferencia por satélite –añadió en medio de la expectativa de dos de sus asistentes, un hombre y una mujer, que servían de testigos y público a la vez.
Le aseguré que yo había estado varias veces en Estados Unidos y que no tenía ningún temor de ir, al tiempo que le pedí que me dejara pensar el asunto.
Tras realizar algunas consultas jurídicas, políticas y periodísticas, llamé a la doctora Jazmín para informarle mi decisión de asistir al juicio como testigo y ella, muy emocionada, como si hubiera obtenido una gran victoria, me pidió que volviera a su despacho para presentarme al funcionario del FBI que llevaba el caso de Trinidad en Colombia. Días después conocí a Joseph Deeters. Uno de los once agentes del FBI que la Fiscalía norteamericana había desplegado en Colombia para armar el juicio contra Trinidad. Con un español impecable que llamaba la atención por su acento casi bogotano, Deeters fue tan cordial como directo.
–Su reportaje sobre los tres americanos es la única prueba de vida de nuestros compatriotas y también la única evidencia de que ellos están secuestrados por las FARC. Lo que queremos es que usted certifique la veracidad de las imágenes que grabó, no más.
Confirmé que mi declaración sería rendida durante el juicio y me aseguré de que el abogado de Trinidad tendría posibilidad de hacerme preguntas. (…)
El 25 de agosto de 2006 viajé a Washington para asistir a una audiencia preliminar en la que solamente participaron el Juez, Thomas Hogan, los fiscales del caso, los abogados de Trinidad y el jefe guerrillero en persona. Me habían advertido que lo vería esposado de pies y manos, con su atuendo color naranja de prisionero, y que estaba barbado, pálido y desaliñado, así que cuando lo tuve enfrente, elegantemente vestido de traje de paño y corbata, afeitado y sonriente, experimenté un gran alivio.
A partir del 3 de octubre de 2006, día en que comenzó el juicio, lo volví a ver de lunes a jueves durante seis semanas seguidas pero nunca hablamos. Mis reiteradas solicitudes a los fiscales para entrevistarlo fueron negadas una y otra vez; así que las únicas palabras del jefe guerrillero que escuché fueron las que pronunció durante dos días seguidos de interrogatorio en los que, según la mayoría de analistas, logró darle vuelta al juicio, declarado nulo por el Juez Hogan luego de que el jurado no pudo ponerse de acuerdo sobre un veredicto. Hung jury, se llama técnicamente lo ocurrido. El mismo día que se declaró la nulidad del juicio, los fiscales –tremendamente molestos y desconcertados– anunciaron que pedirían un nuevo proceso contra Trinidad.
Casi siete meses después, el 30 de mayo de 2007, Trinidad regresó a la escena, en la misma corte donde había ganado su primera batalla legal contra el gobierno de los Estados Unidos de América, y volví a verlo. (…) El hombre de hierro volvió a la escena entre agosto y octubre del 2007, nuevamente en la Corte del Distrito de Columbia, donde tuvo lugar un tercer juicio en su contra por el cargo de narcotráfico. (…)
Hacía apenas un par de semanas había estado con la senadora Piedad Córdoba en algún lugar de la selva amazónica conversando con el líder guerrillero Raúl Reyes. Tras la reunión, cuyas imágenes grabadas por mí fueron ampliamente difundidas en canales de televisión de América y Europa, Piedad me comentó que consideraba clave ir a Estados Unidos para entrevistarse con Trinidad y con la guerrillera Sonia, también extraditada a Estados Unidos, así como con funcionarios y legisladores norteamericanos.
La llegada de la senadora colombiana fue todo un suceso en Washington, hasta el punto de que el abogado Paul Wolf, quien ha seguido minuciosamente los juicios contra Trinidad y Sonia, comparó su visita con la llegada de uno de los huracanes que suelen asolar cada verano las costas del sur de los Estados Unidos y del Caribe. “Vendaval Córdoba”, tituló Wolf el comentario del día en su página de internet.
Piedad fue recibida por Nancy Pelosi, presidenta demócrata de la Cámara de Representantes y por un grupo de congresistas del mismo partido. (…) La agenda de la visita y mi participación en el juicio se hicieron mágicamente compatibles de un momento a otro; así que pude estar en ambos escenarios. Vi a Trinidad el miércoles 19 y el jueves 20, últimos días de su tercer juicio. Estaba muy bien de semblante aunque una tos persistente lo atacaba sin pausa. Me saludó con gran emoción y yo también a él e incluso, por primera vez, cruzamos un par de palabras durante sendos descuidos de su guardián. Recuerdo que le pregunté si necesitaba plata, me dijo que sí y le avisé que consignaría por los canales regulares. También me pidió libros y no le dejé sino nueve, cuatro que le traía la senadora y cinco que yo había empacado en mi maleta con destino a su celda. Piedad le mandó Poesías completas de Miguel Hernández, Bolívar, de Indalecio Liévano, Los Ejércitos, de Evelio Rosero y Delirio, de Laura Restrepo. Yo le envié la Biografía del Ché Guevara escrita por John Lee Anderson, El Jugador y Crimen y Castigo de Dostoyevsky, La muerte de Virgilio de Hermann Broch y Leviatán de Paul Auster. Cuando nos despedimos, el 20 de octubre, día en que el jurado comenzó a deliberar, volví a pensar que sería nuestro último adiós. Sin embargo, la vida siguió empeñada en mantenernos en contacto.
Regresé a Bogotá con la senadora Córdoba. La acompañé a Caracas y el lunes 29 de octubre de 2007 volví a viajar con ella a Washington para ver al hombre de hierro. La senadora había insistido en tener un encuentro con Trinidad y logró que la cita se fijara para el martes 30 al mediodía. (…)
Con antelación a la reunión, Piedad le había solicitado al líder guerrillero a través de su abogado que redactara una carta al Secretariado de las FARC pidiendo pruebas de vida de los tres estadounidenses en poder de la guerrilla, carta que Trinidad escribió y que finalmente fue la llave para abrir las puertas de su entrevista con la senadora colombiana. No se conocían, pero se fundieron en un largo abrazo apenas ella cruzó la puerta del salón de la Corte del Distrito de Columbia, donde él la esperaba rodeado de guardias de seguridad, luciendo una camisa blanca que su abogado le acababa de facilitar. Detrás de Piedad entraron siete personas: dos funcionarios de la embajada colombiana, dos abogados de Trinidad, un representante del Departamento de Estado norteamericano y dos agentes del FBI, una mujer y un hombre, que fueron los encargados de impedir rotundamente mi presencia en el encuentro. Ante la pequeña multitud que presenciaba el momento, Piedad le comentó a Trinidad que aquel encuentro era “como hacer el amor en un parque”. Simón soltó una pequeña carcajada y le contestó a la senadora:
–Nada de lo que hablemos los dos es secreto. No tenemos nada que ocultar.
En menos de noventa minutos, Piedad Córdoba le hizo un recuento de las gestiones realizadas. (…) Trinidad, por su parte, relató cómo había sido su cautiverio desde aquella tarde de diciembre de 2004 en la que llegó a Washington a bordo del avión del director del FBI. Su confinamiento en celdas donde siempre hay una luz prendida y su aislamiento absoluto del mundo exterior; las pocas horas que ha visto el sol en los últimos años de su vida y el clima adverso en el que transcurrieron los tres juicios en su contra; allí en el mismo edificio donde estaban conversando.
Aquella estrechísima hora y media también sirvió para que Trinidad se pusiera al día en algunas noticias (…) y recibió un pequeño “informe” sobre el estado de su familia que yo había escrito atropelladamente apenas me enteré de que el FBI me impediría entrar a la reunión. (…)
Al cumplirse los 90 minutos de la visita consular, los agentes del FBI hicieron como los árbitros de un partido de fútbol y anunciaron el final del encuentro. Piedad y Trinidad se tomaron tres fotos y se despidieron con un abrazo, mientras ella le decía “cuando vuelvas a Colombia, espero que sea pronto, quiero que hagamos política juntos”. El le contestó que si se hacía el intercambio de prisioneros, se abrirán los caminos a la paz de Colombia “y allí sin duda nos encontraremos”.
Ella salió y apenas me descubrió solitario en el enorme salón de la espera se me lanzó y lloró largamente en mi hombro. Inmediatamente me entregó la carta que Trinidad le enviaba a Marulanda. (…)
Como si esta historia fuera de nunca acabar, a mediados de diciembre del 2007 volví con la senadora Córdoba a Washington, donde tres congresistas demócratasla esperaban para hacerle un reconocimiento por su labor como mediadora entre las FARC y el gobierno del presidente Uribe para un intercambio humanitario.
Hacía un par de semanas que Piedad y el presidente Hugo Chávez habían sido marginados de su misión por decisión de Uribe, pero ambos seguían trabajando en cumplimiento de un “mandato” que les otorgaron los familiares de las personas en poder de la guerrilla. En Estados Unidos habían sido ampliamente divulgadas las pruebas de vida de los tres estadounidenses, así como de otras 14 personas, entre ellas Ingrid Betancourt. Siete semanas atrás Piedad se había comprometido con los congresistas a que dichas pruebas llegarían. Fue recibida con muestras de aprecio y rodeada de un halo de gran credibilidad. (…)
Los numerosos periodistas colombianos y extranjeros que cubrían la visita de Piedad a Washington se enteraron de su visita a la Corte. Nuestro arribo al bello edificio judicial estuvo sembrado de cámaras y micrófonos. La audiencia, en la que el juez Lamberth ratificó la fecha del 28 de enero para dictar sentencia contra Trinidad, fue tan breve como emocionante. Unos diez periodistas rodeábamos a la senadora colombiana cuando se sentó en la primera de las tres filas asignadas al público. Antes de atender el caso Trinidad, el juez despachó en cuestión de segundos a otro recluso, un descomunal hombre negro, de larga cabellera y mirada desafiante.
Al abandonar el recinto hizo su entrada Simón Trinidad. Por primera vez lo vi con su uniforme anaranjado de preso. Se veía fuerte y saludable y transmitió sin ningún disimulo la alegría que le producía nuestra presencia a través de la enorme sonrisa que dibujó su cara. Sin embargo, no era el mismo que yo había visto a lo largo de más de un año de juicios. Aquel uniforme anaranjado transmitía inevitablemente la imagen de un hombre sometido por los años de soledad en su celda de la DC Jail, la cárcel de fachada plomiza situada a escasos 500 metros de la estación de metro Armony Stadium y a menos de tres kilómetros del Pentágono. Trinidad tenía gafas nuevas. Luego de un largo paréntesis de casi dos meses en los que no pudo leer nada, pues sus anteojos de toda la vida cayeron al piso de su celda y se hicieron añicos.
Su ingreso a la sala generó una oleada de murmullos y muchas señales de aliento que llamaron la atención del desprevenido alguacil que lo custodiaba. La algarabía fue tan grande que el alguacil se encaminó al público y amenazó con sacar a varias personas de la sala. Durante el brevísimo tiempo que duró la audiencia, Trinidad se sentó al lado de su abogada; era evidente que no podía concentrarse en la traducción simultánea que le llegaba por sus auriculares. Miraba hacia el público sin disimular su alegría revuelta con asombro. De repente todo se terminó. El alguacil lo apuró a levantarse y Trinidad estiró los segundos con un movimiento perezoso. Se paró frente a todos los que lo mirábamos, hizo una venia y contestó las manotadas de besos que le mandaba Piedad. Unos segundos después desapareció tras la misteriosa puerta de siempre rumbo a la cárcel donde ha pasado en aislamiento total los últimos tres años de su vida.-
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