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Ojito y los policías

Las escuchas revelan un tejido de trampas, venganzas, balazos y hasta asaltos disfrazados de allanamientos. Cómo se cubren entre sí los policías y los pasos que puede tomar la causa esta semana.
La llamada salió de la comisaría 18ª a las 12.42 del lunes 23 de abril. El oficial le dice al narco al que llaman Ojito:
“Hola, Ignacio (el verdadero nombre de Ojito)”.
Narco: –Sí.
Policía: –Voy a ver si se la puedo embagayá (sic) a algún gil por acá y lo hago cargo de todos los hechos, ¿sabés? Acá por la calle Avellaneda.
Narco: –Sí, sí, por la calle Avellaneda. Sí, ahí, el primero de la derecha.
Policía: –Listo. Así se la embagayo a alguno y se hagan cargo de todo. Así zafan los pibes.
La escucha está en la causa judicial y en este diálogo entre el policía y el narco, el de uniforme arregla que va a detener a alguien del barrio, de la calle Avellaneda, para adjudicarle (embagayar) la tenencia de droga que, en verdad, le encontraron a quienes iban con Ojito en un auto y fueron detenidos con estupefacientes. El narco está prófugo y hay otras escuchas en las que se arregla fraguar un procedimiento para devolverle el Audi que le incautaron.
Es posible que en las próximas 48 horas el juez Carlos Vera Barros decida sobre el procesamiento del ex jefe de la Policía de Santa Fe, Hugo Tognoli. Antes de llegar al máximo cargo, Tognoli fue jefe de Drogas Peligrosas, el área que en mayo fue puesta bajo supervisión civil: dejó de estar únicamente en manos del jefe de Policía, para pasar a estar en forma directa bajo la órbita del ministro de Seguridad. Ese decreto 1369 ya mostraba que algo andaba mal. Por eso fue el cambio.
Desde el punto de vista judicial, también había sospechas. Eso llevó a la fiscal Liliana Be-ttiolo a pedirle a la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) que investigue. El 21 de septiembre esa fuerza entregó un informe que, en los últimos renglones, dice: “Teniendo en cuenta la información obrante, se reafirma el estrecho vínculo que sostiene Carlos Andrés Ascaíni (el narco) con el comisario general Hugo Damián Tognoli para la connivencia y la tolerancia en el comercio de estupefacientes”.

El gran bonete

Cuando la PSA seguía a Ascaíni, alguien le avisó al narco. Un integrante de la Policía santafesina entró al Registro de Propiedad Automotor y estableció que los vehículos que investigaban al narco eran de la PSA. El código y la clave usados figuran a nombre de Tognoli, pero éste afirma que él no avisó al narco, sino que el código y la clave la usaban otros. El jefe directamente apuntó a Néstor Fernández, quien fue detenido en la noche del viernes y declaró ayer. Como es obvio, también él se sacó la responsabilidad de encima y dijo que el código y la clave estaban pegados en la pared de la comisaría y que entonces la averiguación la pudo hacer cualquiera y también cualquiera pudo avisarle al narco.
Tácitamente, el comisario le tiró la pelota a otro policía que declaró ayer, el cabo Carlos Quintana. El argumento del abogado del comisario es cándido: “No es inhabitual que un ciudadano de Villa Cañás, que es un pueblito, vea que lo están siguiendo dos chatas y que llame a la comisaría a decir ‘che, averiguame quiénes son’”.
El problema es que la llamada es del “ciudadano cualquiera” Ascaíni, un narco conocido que poco después fue detenido, supuestamente, con un kilo de cocaína. Fue detenido, pero anoche estaba a punto de ser liberado.

Ciudadano Ascaíni

En su afán de zafar y taparse unos a otros, los uniformados hablan de Ascaíni como si fuese el honorable médico del pueblo. Sin embargo, la transcripción de un mensaje de texto entre un comisario mayor –un cargo altísimo dentro de la Policía santafesina– y la dueña de un prostíbulo ilustra los datos que existían. El comisario mayor Oscar Ledesma le mandó un mensaje a la dueña de un prostíbulo Nilda Luques (ella dice que sólo les alquila el local a los que manejan a las chicas), diciéndole que el narco de la zona de Villa Cañás era Carlos Ascaíni y el de Firmat era Aldo Totola Orozco, y que Ascaíni arreglaba por 30.000 pesos mensuales con Tognoli para concretar su distribución de estupefacientes.
También Ledesma intentó cubrir a sus compañeros de uniforme: confirmó que mandó el mensaje de texto, pero que todo era sólo un rumor. Bastante de verdad había: al poco tiempo Totola y Ascaíni fueron detenidos, cada uno con un kilo de cocaína.
Por si fuera poco, en la causa hay una escucha, informada por la PSA, en la que Ascaíni le dice a uno de sus cómplices que “trabajen con tranquilidad”, que cualquier problema con la policía “yo la arreglo con una llamada”. Y en diálogo con este diario, el autor del mensaje de texto contó que también se corría la voz del arreglo de Tognoli y Ascaíni por 30.000 pesos debido a que fue desplazado de la zona un jefe policial que había empezado a investigar al narco, Fabián Armúa.
Como es obvio, los uniformados juran y perjuran que no tienen relación con los narcos, pero las detenciones de Orozco y Ascaíni llaman la atención. Orozco fue sorprendido con un kilo de cocaína, pero ya está en libertad porque el operativo fue mal hecho. Los policías y testigos declararon una cosa en el acta y otra ante el juez. Orozco afirma que le pusieron la cocaína. El juez determinó que el caso era confuso y lo puso en libertad.
Ascaíni sigue detenido. También lo interceptaron con un kilo de cocaína. Pero la pericia oficial dice que no es droga sino azúcar. El que realizó el procedimiento, comisario Alejandro Druetta, jura que el polvo blanco dio positivo del reactivo para determinar si se trataba de cocaína. Lo cierto es que Ascaíni también está cerca de recuperar la libertad.
En el argot policial se llama blanqueo a sacar de la cancha a los narcos que están demasiado quemados. Esto es lo que, aparentemente, ocurrió con Totola y Ascaíni. Pero, como se ve, se hizo de manera amigable, para que no estén demasiado entre rejas.
Sobre la relación de Ojito con los policías hay numerosas escuchas telefónicas. Como la del principio de esta nota y algunas en las que incluso queda en claro una de las maniobras más groseras: detectaron que Ignacio Actis, Ojito, tenía un departamento con drogas y dinero y, en lugar de allanarlo, lo asaltaron. Pero lo que impacta es que en esas escuchas permanentemente se habla de ajuste de cuentas, traiciones y policías metidos en el medio. Ojito le dice a L que “se me cruzó un 307 sin chapa y me cagaron a tiros”, y L le dice a otro que tiene “todas las costillas rotas de la golpiza que le dieron”. Y todos se comunican con los policías para “embagayar” a cualquiera o para cambiar procedimientos.
Ojito sigue prófugo.

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