El aluvión despolitizador ampliamente desparramado en escala planetaria por la forma neoliberal del capitalismo no sólo capturó el imaginario de amplios sectores medios de la sociedad sino que, también, caló muy hondo en las tradiciones provenientes del progresismo e, incluso, en quienes se referenciaban en las matrices de la izquierda y de lo nacional popular. Uno de los rasgos sobresalientes, sobre el que todavía no se ha escrito demasiado, es la mutación que se operó, en el interior de esos círculos, en relación directa con la idea de “democracia”. Asfixiados por una atmósfera de época que parecía traer sólo aires viciados por el “triunfo” neoliberal, incapaces de digerir el bocado en mal estado del derrumbe de las ideas igualitaristas y profundamente desconcertados por la implosión, desde el propio interior, de las experiencias mal llamadas socialistas, una amplia generación de intelectuales, de hombres y mujeres provenientes en su juventud de militancias antiburguesas, pasaron, casi de la noche a la mañana, de ser críticos de la democracia formal a convertirse en sus adoradores más fervorosos, contribuyendo a lo que el filósofo francés Jacques Rancière llama la “democracia vivida como medio ambiente”. Para muchos exponentes de esa generación detrás de ellos quedaban el horror, la muerte y la derrota que fueron asociados al fracaso estrepitoso de una visión del mundo que ya no se correspondía con el mundo real afirmado, de un modo que asumía la perspectiva de la eternidad, en la estética de la sociedad de consumo y en la proliferación universal de una nueva forma de subjetividad autorreferencial y atravesada de lado a lado por la fascinación consumista. Junto con la emergencia del individuo hedonista (al menos como experiencia real de quienes quedaban dentro del sistema y como deseo insatisfecho de aquellos otros que eran excluidos de los llamados mercantiles al goce) se pulverizaron las prácticas anticapitalistas y se expulsaron por anacrónicas y vetustas las ideas que siguieran insistiendo con proyectos alternativos al de un modelo de gestión de la sociedad que se ofrecía como triunfante y definitivo. En todo caso, lo que quedaba para quienes no se resignaban a ser parte de la masa acrítica de consumistas alienados pero gozosos, era el distanciamiento crítico, la escritura testimonial y, claro, el más allá de la política.
Nunca como en los noventa estuvieron más alejados los incontables de la historia, ampliamente marginados de la fiesta posmoderna, de los forjadores profesionales de ideas que, en su etapa anterior, habían contribuido con ahínco a reafirmar las virtudes míticas de aquellos mismos que, en el giro despiadado de la actualidad neoliberal, serían despojados incluso hasta de su memoria insurgente. La figura del intelectual, otrora imponente y desafiante, dilapidó sus herencias y sus virtudes al precio del acomodamiento académico, de la profesionalización mercantil o de la espectacularización mediática. Tiempo de ostracismo para aquellos otros que no se resignaban a convertirse en coreógrafos de la escenificación del fin de la historia ni en hipercríticos de última hora de aquellos ideales que habían abrazado en su juventud. Una incipiente pero insistente forma de neoconservadurismo iría impregnando a amplios círculos de académicos e intelectuales alejados, cada vez más, de cualquier alternativa proveniente de aquellos antiguos legados plebeyos.
Una de las consecuencias más significativas y difíciles de remover de la hegemonía neoliberal sobre la vida de nuestras sociedades fue la pérdida de espesor a la hora de intentar pensar críticamente el estado de las cosas diluyendo lo que, durante gran parte de la experiencia moderna, había sido el complejo entramado entre mundo de ideas, experiencia social y actuación política. En el giro del capitalismo de la segunda mitad del siglo XX hacia lo que el pensador francés Guy Debord denominó “la sociedad del espectáculo”, lo que se expandió de manera inconmensurable fue, precisamente, el poder de los lenguajes comunicacionales que fueron ocupando con sistemático empeño cada rincón de la trama cultural incidiendo, como nunca antes, en la construcción de las nuevas formas de subjetividad bajo la premisa, nunca explicitada, de darle sustento discursivo y relato legitimador al sistema económico dominante. Es por eso que resulta indispensable abordar con espíritu crítico y sin falsos neutralismos la problemática, absolutamente central, de los medios de comunicación entendiendo, a ese abordaje, como momento decisivo de lo que, por no encontrar otra denominación más fértil y compleja, se ha denominado “la batalla cultural”. En la Argentina actual son esos espacios corporativos donde se desarrolla la estrategia de la horadación y la deslegitimación del kirchnerismo. En sus usinas se elaboran los lenguajes y los símbolos, las “investigaciones periodísticas” que, haciendo centro en la corrupción, buscan, bajo la forma emblemática de lo mítico, capturar una parte significativa de la sociedad apuntalando un “sentido común” trabajado por la permanente sospecha de la política. ¿No resulta sorprendente que algunos de esos intelectuales que reclaman su pertenencia a una perspectiva progresista contribuyan al despellejamiento mediático de la política apuntalando la estrategia de un seudo moralismo de vodevil?
“Cuando se habla de lo mediático entonces –como nueva construcción ‘partidaria’ en tanto derecha política– (escribió poco antes de su muerte Nicolás Casullo tratando de desentrañar el funcionamiento ideológico del poder corporativo en la encrucijada de nuestra época y saliendo a discutirles a ciertas interpretaciones “progresistas” defensoras de la amplitud, la cuasi neutralidad y la polisemia constructiva de los medios) no se hace referencia a una idea de sigla (al modo como en otra estación de la historia se designaba a los actores políticos y en particular a las derechas clásicas). Tampoco a un programa, a dirigentes, activistas, estructuras orgánicas con secretarios generales, vocales, votaciones internas y candidatos estructurando un medio de masas (nada de eso se corresponde, dirá Casullo, con el nuevo espíritu de época dominado por la corporación mediática capaz de desplazar a las formas tradicionales de intervención política y articuladora de la agenda hegemónica desde la perspectiva de los sectores dominantes). Se significa, en realidad, cómo la edad del mercado neoliberal en tanto proyecto reformulador del capitalismo, hace tres décadas al menos y en forma enfática e indisimulada decidió asumir y protagonizar la revolución cultural conservadora”. Es a esta novedad a la que apunta nuestra reflexión allí donde la escena contemporánea ya no expresa las formas tradicionales de la circulación política ni se configura de acuerdo a las viejas matrices de las derechas clásicas. Esto no significa su desaparición sino, por el contrario, su metamorfosis en este actor decisivo de época que son los grandes medios de comunicación. Si bien no se trata de regresar a la crítica que de los mass media se hizo en los años ’60 quedándose atrapado en la teoría de la manipulación, sí es importante recuperar una cierta perspectiva que encuentra su génesis en esa crítica y en lo que fue la elaboración de un profundo análisis de la industria del espectáculo por parte de la Escuela de Frankfurt. En todo caso, es más pernicioso para una concepción que se quiere emancipadora abandonar por inactual la crítica de los medios de comunicación renunciando, a su vez, a establecer su relación con el poder hegemónico, que recuperar, sin dogmatismos, algunos de los elementos principales de la crítica radical de las décadas dominadas por la perspectiva anticapitalista.
Casullo amplía esta crítica de quienes terminaron por plegarse a los artilugios de la derecha y sostendrá con especial énfasis la necesidad de revisar lo pensado en los últimos años: “Irónicamente, por lo tanto, este cuadro de situación que expone la actualidad, este proceso de conservadorismo evidente de amplias capas de la sociedad sentado básicamente en el dispendio interpretativo de los ‘partidos mediáticos’, obliga a reintroducir hoy como respuesta crítica intelectual, temáticas que los vientos de época que soplaron (desde los 80) en el progresismo conservador y de la izquierda escéptica dieron como arcaicos. O anacrónicos. O plausibles de no volver a ser tratados: la cuestión de las ideologías como velo al conocimiento de lo real social. El tema del sojuzgamiento de las conciencias como medular lucha social. El dilema de la manipulación informativa. La problemática de las industrias de dominación cultural sobre las sociedades medias y populares. El conflicto de la construcción de las hegemonías y clases y bloques de clases en términos de mentalidades e imaginarios sociales. El análisis clave de cómo resolver en América latina la vertebral contradicción entre democracias populares y medios de masas privados monopólicos”. Casullo, con elocuente contundencia, aborda sin eufemismos el centro del litigio y lo hace poniendo en discusión el proceso de neutralización que la cultura del neoliberalismo desencadenó sobre las interpretaciones que, siendo herederas de una matriz igualitarista, resignaron la dimensión crítica para plegarse a la apología de la “nueva democracia comunicacional” forjada y legitimada por esos mismos medios hegemónicos. La mutación de la crítica ideológica a los dispositivos massmediáticos propios de los años ’60 y ’70, en mirada complaciente y en aceptación pasiva de la instrumentalización que de esas tecnologías audiovisuales haría el liberal capitalismo a partir de los ’80 y ’90, constituye el núcleo de la resignación de esos intelectuales que, provenientes de tradiciones populares y de izquierda, se convirtieron en cultores del “progresismo reaccionario” y en defensores a ultranza del formalismo institucionalista, eufemismo que esconde su plegamiento al espíritu dominante de la nueva derecha “políticamente correcta”. Esa es, en gran medida, la genealogía que llega hasta nuestros actuales intelectuales que, reclamándose como genuinos herederos de una visión democrática y progresista, no hacen más que convertirse en funcionales escribas de la derecha. Su rechazo absoluto de esa otra herencia popular los ha llevado hacia el territorio del resentimiento conservador o, todavía peor, a transformarse en los clowns del poder mediático.
La derecha, metamorfoseada ahora en medios de comunicación concentrados, siempre ha sabido cuál era y sigue siendo el centro del conflicto. Se trata de la ideología, de las interpretaciones enfrentadas, de los relatos en pugna y, claro, de la política. Uno de los rasgos más potentes de lo que se abrió en el país a partir de mayo de 2003, pero que se explicitó rotundamente a partir del conflicto con las corporaciones agromediáticas en el 2008, fue, precisamente, el corrimiento del velo de supuesta objetividad con el que siempre se vistieron los medios concentrados. El retorno del conflicto político hizo saltar en mil pedazos el sutil dispositivo de enmascaramiento a través del cual el modelo neoliberal fue desplegándose, hegemónico, sobre la vida social. Lo que se desnudó, bajo el impacto de una repolitización emergente, fue precisamente la complicidad estructural de los grandes medios de comunicación con lo que Nicolás Casullo denominaba “la revolución conservadora”. La derecha, la actual, la que supo comprender el nuevo escenario cultural, social, tecnológico, político y económico encontró en esas empresas mediáticas a su mejor jugador, aquel que había logrado convertir su representación del mundo en sentido común. Deshacer esa trama, tarea ardua y quizás interminable, es parte sustantiva de la “batalla cultural” si es que se quiere avanzar en un proyecto de transformación popular. No casualmente una parte sustantiva de los progresistas conservadores abandonaron, como inapropiada e inactual, como un resabio anacrónico, la crítica de la industria cultural, del mismo modo que también prefirieron dejar de lado la cuestión de la desigualdad estructural del capitalismo para focalizarse, algunos, en un giro esteticista y, otros, en una nueva dogmática republicano liberal.
Lo más difícil de remover, incluso ahora cuando asistimos a una inquietante crisis del neoliberalismo a nivel global, no es su estructura económica, el despliegue sistemático de transformaciones institucional-jurídicas para habilitar el viaje de ida del capitalismo especulativo financiero, sino su espectacular “triunfo” cultural, es decir, ese momento en el que el sentido común se pliega en aceptación acrítica de lo que constituye una nueva manera de ver y de estar en el mundo. Nunca está de más destacar que el giro neoliberal del capitalismo fue posible a través de la alquimia de transformaciones estructurales y de una inédita ofensiva mediático-cultural destinada a producir otra subjetividad. Existe una relación directa entre democracias despellejadas, exhaustas, formales e insustanciales y la ampliación del papel “regulador” de los imaginarios sociales por parte de la industria de la dominación cultural que tiene a los grandes medios de comunicación como centros neurálgicos de ese proceso de vaciamiento político.
Fuera de toda ingenuidad, más allá de toda aparente autorreferencialidad técnico-discursiva que supuestamente los coloca, como no se cansa de señalar Beatriz Sarlo –ejemplo emblemático de lo que Casullo llamaba “progresismo reaccionario”–, en un andarivel posideológico, los medios de comunicación hegemónicos constituyen la columna vertebral de la nueva derecha contemporánea. En ellos, en su enorme capacidad para crear opinión pública y sentido común, en su avasallante poder tecnológico que multiplica hasta la náusea su “relato” de la realidad, se refugia y busca recomponer su modelo la “revolución conservadora” que supimos conocer y padecer en los años ’80 y ’90, y que ha dejado una marca muy profunda y decisiva en muchos intelectuales otrora críticos del sistema que hoy identifican como su principal enemigo al “populismo” dominante en varios de los países sudamericanos mientras hacen la vista gorda ante la ofensiva de las derechas continentales. Penetrar en su andamiaje, deconstruir su retórica y su capacidad instrumental y manipuladora, disputarle palmo a palmo la representación de la realidad es, tal vez, el hueso más duro de roer y uno de los principales desafíos para una tradición que se quiere popular, igualitarista, latinoamericana y democrática. ¿Lo ha entendido el gobierno? ¿Ha logrado ir más allá del antiintelectualismo que, como la peste, se ha propagado dentro del universo de la política? En su capacidad para subvertir lo establecido y en invertir los términos de lo dado sacándose de encima falsos prejuicios, radica su difícil continuidad en el tiempo.
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