La CIA felicitó a Al Kassar por su colaboración en Irak
Fecha: 18/06/2007 0:00
Monzer Al Kassar fue detenido en Madrid a instancias de las autoridades estadounidenses, que lo acusan de vender armas a la guerrilla colombiana. Sin embargo, no siempre fue enemigo de Estados Unidos. Más bien al contrario. Según ha podido saber `interviú´, el sirio desempeñó un papel fundamental.
El pasado 7 de junio, Monzer Al Kassar viajó desde su residencia de Marbella (Málaga) hasta Madrid. En la capital iba a entrevistarse con un comisario de policía para darle todos los detalles del negocio de venta de armas en que estaba intermediando y del que ya había informado a su contacto en los servicios de inteligencia españoles, un agente apodado el Cirujano. No llegó a la cita porque miembros de la Udyco Central lo detuvieron, cumpliendo la orden de arresto internacional emitida por las autoridades estadounidenses. Un fiscal de Nueva York lo acusa de vender armas a la guerrilla colombiana de las FARC.
La operación en la que Al Kassar iba a hacer de intermediario –la compra de armas del Gobierno nicaragüense a una fábrica de armamento controlada por el ejecutivo rumano– resultó ser un cebo planeado por la DEA, la agencia federal antidroga norteamericana. Y le ha costado su detención. Fuentes cercanas al arrestado temen que el operativo responda a la intención de Estados Unidos de contar con Al Kassar como confidente, tras la valiosa información que les proporcionó en Irak y dado su extenso conocimiento de los grupos terroristas de Oriente Medio.
Meses antes de la guerra que acabó con el régimen de Sadam, Al Kassar llamó a su enlace en los servicios secretos españoles. “El hijo de Sadam quiere comprarme misiles”, le espetó por teléfono. A las pocas horas, hubo una reunión en su casa marbellí. “Ni se te ocurra meterte en esto”, le recomendaron. “Pues ya me han puesto diez millones de dólares en una cuenta”. La información corrió hasta llegar a oídos estadounidenses. España vio su oportunidad de apuntarse un tanto en los prolegómenos de la invasión de Irak y pidió a Al Kassar que siguiera con la operación, que pasó desde entonces a estar controlada por la CIA.
El traficante sirio viajó hasta Oriente Medio acompañado por agentes españoles y se reunió con uno de los hijos de Sadam para cerrar la compra, según relató a sus allegados. La cita se fijó en tierra de nadie, en medio del desierto. Pero los descendientes del dictador –Uday y Qusay, dos sátrapas convertidos en jerarcas del régimen de su padre– eran objetivo prioritario para la inteligencia estadounidense, que se cegó. La reunión terminó con un ataque aéreo contra los presentes, dirigido gracias a las coordenadas del teléfono satélite empleado por Al Kassar, suministrado a los agentes españoles por la CIA.
Tras el primer intento, Al Kassar viajó como infiltrado por todo el país, a bordo de tres viejos coches de la marca Peugeot, hasta captar como informador a la persona encargada de las compras de armamento en el régimen iraquí. Según han confirmado a interviú fuentes de la Seguridad del Estado, el trabajo del traficante sirvió, por ejemplo, para identificar el paradero de los 1.000 millones de dólares sustraídos por los hijos de Sadam del Banco Central de Irak horas antes del primer bombardeo de Bagdad. “Tienen en un palacio 1.000 millones de dólares en billetes. Dicen que me preparan un camión y nos los llevamos. Y que cuando termine la guerra, me quedo mi comisión y que se los devuelva” , relató Al Kassar a los agentes españoles encargados de su seguimiento. El miércoles 7 de mayo de 2003, las principales agencias de prensa de todo el mundo lanzaron en sus teletipos la noticia del robo. Estados Unidos confirmó la desaparición del dinero y su paradero, gracias a la información suministrada días antes por Al Kassar. Lo mismo sucedió –según las mismas fuentes– con un camión repleto de oro, que salió del país por la frontera de Siria. Al Kassar negoció con los servicios secretos estadounidenses el 10 por ciento de su valor como pago de sus servicios, pero nunca recibió ese dinero.
Cuentas y pago de armas
El trabajo de Al Kassar como infiltrado se materializó en dos furgonetas repletas de información de alto valor estratégico. El sirio consiguió, según admiten sus colaboradores, los números de todas las cuentas bancarias empleadas por Sadam para la compra de armas, los contratos originales de estas compras, el destino de los aparatos y los nombres de todos aquellos que vendieron tecnología al régimen. La mayoría del material, según fuentes próximas a la operación, procedía de fabricantes alemanes, indios, rusos y de Estados Unidos. Algunos documentos correspondían a la compra de un centrifugador, necesario para fabricar armamento nuclear.
La información conseguida por Al Kassar fue entregada por la inteligencia española a varios agentes de la CIA horas después de conseguirla. No dio tiempo siquiera a realizar una copia completa. El miedo a que la información fuera interceptada por los partidarios de Sadam aceleró los acontecimientos. La cita se fijó en la plaza de Al Mansur de Bagdad. Agentes de la CIA trasladaron la documentación desde los coches camuflados empleados por los españoles a cuatro vehículos Hummer blindados. Y se marcharon.
Al Kassar recibió una felicitación de los servicios secretos americanos por su labor en el derribo del régimen de Sadam. Eso no parece haber sido óbice para que otra agencia federal, la DEA, lo haya cazado años después. Según fuentes cercanas al traficante de armas, la DEA le considera responsable de la muerte en 1991 de uno de sus agentes encubiertos en Líbano.
La operación que ha acabado con Monzer Al Kassar en una celda de la prisión de Soto del Real sigue llena de sombras. El propio Al Kassar declaró ante el juez Juan del Olmo –que tiene que resolver acerca de la petición de extradición– que había avisado a su contacto en los servicios de inteligencia españoles sobre la operación de intermediación que estaba llevando a cabo entre una fábrica estatal de armas rumana y el Gobierno de Nicaragua. Siempre según el testimonio del traficante de armas sirio, hace un año contactó con él Tareq Mousa Al Ghazi –también detenido en la misma operación– para hablarle de un negocio. Los emisarios del país centroamericano eran dos personas guatemaltecas con las que Monzer se entrevistó en varios lugares del mundo y a las que llegó a alojar en su mansión. El señor Carlos y el señor Milan –como Al Kassar se refirió a ellos en su declaración– resultaron ser agentes encubiertos de la DEA.
El sirio, veterano en el oficio de vender armas a medio mundo, pidió a los intermediarios que le hicieran llegar un certificado de último destino del Gobierno de Nicaragua –un documento que asegura que las armas no serán desviadas al mercado ilegal– y que ingresasen el dinero de la operación en cuentas corrientes.
Monzer Al Kassar comenzó a sospechar que algo iba mal cuando sus clientes demoraron a la hora de enviar el certificado de último destino. Primero mandaron un fax, aduciendo que unos días más tarde llegaría el original. Pese a ello, Al Kassar, que se iba a llevar un 15 por ciento de comisión en la venta, decidió seguir adelante y viajó a Rumania en compañía de los agentes encubiertos. Allí obtuvo la licencia de exportación de las armas y poco después recibió 400.000 dólares en concepto de señal en cuatro o cinco envíos.
A instancias de las autoridades norteamericanas, la policía española bloqueó tras la detención de Al Kassar cuatro cuentas corrientes de una oficina de Cajamar en Marbella. Dos de las cuentas estaban a nombre del sirio y otras dos, a nombre de una ciudadana iraquí, Bilal Hussain. El dinero total intervenido asciende a 250.000 euros. Las demoras en el pago y en el envío del certificado levantaron las sospechas de Al Kassar, que llamó a el Cirujano –su contacto en la inteligencia española– para expresarle sus temores. Éste le recomendó que extremase las precauciones.
Tras algunas semanas de espera, los intermediarios llamaron a Al Kassar y le pidieron que viajase a Rumanía o a Grecia. Ante su resistencia a salir de España, los dos supuestos guatemaltecos decidieron emplazarle en Madrid. El día 7 de junio Al Kassar llamó a su contacto. Éste le dijo que estaba fuera de la capital, pero le dio el teléfono y el nombre de un comisario con el que debía entrevistarse para darle los detalles de la operación antes de ver a los intermediarios, según su declaración ante el juez. No llegó. De Barajas fue a la Audiencia Nacional y de allí a una celda de la prisión de Soto del Real. Los agentes de la Udyco Central le mostraron la orden de detención internacional y al día siguiente registraron su domicilio en Marbella. Al registro asistieron varios estadounidenses, “que quisieron llevarse documentos”, según un testigo. Los policías españoles no lo consintieron.
Una vida a los dos lados de la Ley
Monzer Al Kassar es un clásico en los tribunales de media Europa. Su primer escarceo con la justicia aparece en 1974, cuando es detenido en Londres en posesión de cinco kilos de hachís. En 1977 fue acusado, junto a Abu Abbas, de secuestrar a un hombre de negocios saudí en Beirut, y en 1985 los tribunales italianos lo buscaban por narcotráfico. Pero si algo define a Al Kassar es su ocupación de“traficante de armas”, según él mismo reconoció ante la justicia española. “Fue un error de traducción”,argumentan fuentes de su defensa. “Él se refería en esa frase al comercio legal de armas”, explican.
Al Kassar fue expulsado de España por espacio de tres años en 1987 y se le relacionó con la operación Nécora, emprendida contra los carteles gallegos de la droga. El sirio fue procesado por suministrar las armas empleadas en el secuestro del buque Achille Lauro, pero salió absuelto en 1995, tras recuperar la libertad a cambio de una fianza de 12 millones de euros. Durante años, la justicia argentina lo ha investigado por tráfico de explosivos y venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador. Incluso, Argentina revocó su nacionalidad en 1992 por falsedad documental. En la actualidad, el traficante sirio se encontraba en trámites para obtener la nacionalidad española, que ya poseen su mujer y sus hijas.
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